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MAÑANA
No le cabe. Ya el niño no le cabe en la cuna de madera.
No entiende cómo en un ratito nomás el niño ya no cabe. Lo vé dormir doblado un poco al medio, empujando con los piecitos oscuros la baranda de madera.
- ta gueno –dice, y se sienta en el borde del catre en el que está su hombre, con el brazo sobre la cara, descansando- no entra, che –afirma mientras se pone un pañuelo en la cabeza. El no la mira.
- Esa corbata no queda ni de casualidad- dice la mujer mientras revuelve en el colgador hasta dar con una que parece gustarle. Se acerca al hombre y la extiende sobre el pecho. Ambos miran en el espejo el efecto del contraste. –Si, decididamente es ésta.
Ella regresa a la cama y se arroja entre las sábanas revueltas. – A qué hora volvés?
El termina de anudarse la nueva corbata. El sol está entrando por las celosías del ventanal que se abre sobre la terraza, y eso significa que es tarde.
-No vengo al mediodía. Si querés nos vemos en el comité, a la tarde. – busca el saco y se lo calza frente al espejo. Ella se extiende boca abajo en la cama, dejando caer las pantuflas con un ruido sordo. – A lo mejor- dice- No sé.
El sale de la habitación y se oye su voz, mientras baja la escalera, en una confusa despedida.
Otra vez viajar –dice para si. Ya siente náuseas solo con el roce de los pasajes en el bolsillo interior del saco. Otra vez metido en ese avión helado –piensa- con la sensación inconfesable de vértigo. El chofer lo ha pasado a buscar muy temprano, el mismo chofer de todos los dias que, silencioso, observa el tránsito hacia el aeropuerto. Nunca una palabra. -¿será mudo? Se pregunta.
Ella atraviesa el patio hacia la bomba. Mira el cielo. – No va a llover- murmura y vé las plantas caídas por la seca. El niño llora y ella regresa sobre sus pasos por el piso de tierra apisonada, extrañada del llanto agudo tan temprano. El chico se despierta siempre bien contento –se dice. Y entra.
- Bienvenido, futuro senador! – Las palmadas se multiplican, hay vasitos de café, una chica de lentes le entrega unas carpetas transparentes. Todos sonríen.
- Cómo vamos? – pregunta mientras se acomoda el nudo de su corbata de color marrón.
- Hay algunas modificaciones en la agenda, pero nada serio. No hay que olvidarse del llamado al gobernador y de la visita a las quintas – agrega un muchacho desaliñado, de fuerte acento inglés.
- Las quintas? – pregunta
- Si, hay un grupo de campesinos que viene pidiendo audiencia hace rato.
- Ah, los campesinos – murmura él mientras revisa la lista de invitados a la cena.
- Si, y los maestros, que quieren darle un manifiesto o algo asi.
- Ah. – levanta del suelo un fax, mientras sonríe a la muchacha que lo dejó caer.
El avion levanta vuelo con su reducido pasaje. Quién vuela a Londres a media mañana de un lunes?. El gerente se estira y trata de dormir. El dibujo azul del tapizado del asiento de adelante lo distrae. Le ofrecen algo de beber, pero rechaza la oferta pues su estómago está completamente cerrado. Una vez más viajará sin poder siquiera tomar agua. Un temor infantil lo paraliza lo suficiente como para clavarlo en el asiento durante el vuelo, y no le permitirle una breve licencia gastronómica.
Llega a la cuna y el niño está llorando. Lo levanta, canturrea, lo mece. Pero el niño no para de llorar. Lo acuesta sobre el catre, lo desviste, y queda sorprendida de unas manchas rojas en la piel del vientre y entre las piernas, y en los pliegues del cuello.
- Jesucito, tiene peste! - Susurra y sacude al hombre para que despierte y vea.
La puerta se abre y aparece delante de él una mesa ovalada cubierta de papeles, tazas de café y ceniceros repletos de colillas. Entran varias personas con él. Una señora de más de sesenta años se presura a juntar los pocillos, los vasitos plásticos, los ceniceros.
- Carmencita, no es necesario que se apure, mujer! –le sonríe él.
- Es que, senador, mire cómo han dejado la sala!
- Hay tiempo, Carmencita, todavía faltan como diez minutos para que lleguen los periodistas, no se apure que se le están cayendo las cosas.
Se agacha y levanta del suelo un papel arrugado. Dar clases en el salón del comité no ha sido una buena idea. Los adultos son más sucios que los chicos, piensa, y se ubica en el extremo de la mesa que a cada instante está más vacía.
Londres. Lluvia. ¿Nunca va a haber sol en Londres? –se pregunta. El aeropuerto estaba con demoras, tuvieron que dar vueltas un rato antes de bajar. Piensa que indefectiblemente luego de la reunión de la cúpula de la empresa deberá descansar un rato. No podría volver a subir a un avión sino hasta mañana. Tal vez para entonces haya sol.
El hombre mira asombrado la panza de su hijo.
Tendrá alguna de esas cosas que tuvieron los hijos de la Tomasa? –se pregunta. Pero es hombre de pocas palabras. No dice nada contemplando cómo la mujer lava al chico con un trapo húmedo y escucha el griterío del gurí y el rodar de una palangana caida de un gesto brusco de la mujer. El ruido chato del agua desperramandose en el piso de tierra. Mira la escena y no interviene. Son cosas de mujeres, pero lo que tiene el chico es bastante feo, esas manchas raras en la piel. Ella dice que el cuerpito está caliente y que tiene los ojos hinchados. No se anima a mirar bien. Se levanta y sale del rancho para la bomba, a lavarse antes de salir al campo.
Carraspea. Los micrófonos están delante de él, los grabadores ronronean en la mesa de madera bien lustrada. No han quedado rastros del desorden de hace apenas unos minutos. Pasea la mirada por encima de los rostros atentos, que han encendido sus cámaras y sus cintas para capturar lo que él, candidato electo, ha decidido que les dirá. El instante tiene algo de cinematográfico. Sabe que su traje de seda está impresionando a todos esos cronistas de cuarta que lo miran pensando en otra cosa. Y se siente ancho. Y a lo mejor algo poderoso.
El edificio es de vidrio, y se contrapone con las estructuras clásicas de ladrillo rojo que lo rodean. Eso tiene de lindo cada ciudad europea, - se dice- la mezcla, lo secular interumpido por un grito del pasado remoto. Esas paredes –piensa mientras se acerca y cruza el boulevard- deben de tener quinientos años, y ahí están, sirviendo de apoyo a la estructura de al lado, de acero, vidrio, acrílico.
La compañía ha construído ese edificio en el barrio más caro del suburbio, en épocas de expansión de las plantaciones, cuando se iniciaba la carrera por esa segunda colonización que fue la química. Se detiene y mira para arriba, recordando innumerables escenas de películas baratas en las que la cámara relevaba la saga de ventanas de cristal hasta perderse en el cielo.
Pero llovizna, y el efecto es de una pobreza patética.
Hace calor en el galpón. Hoy le han dicho que lleve los tanques con el tractorcito hasta la ruta, para que los levante el vasco y los lleve en la chata al pueblo. Espera ver al Carlos, pero no hay nadie en el tinglado.
- Ande está el compañero? –pregunta a los azaderos que salen para la acequia.
- Se fue al pueblo –le gritan. -El chico anoche vomitaba.
Se queda parado, con los brazos cayéndole a lo largo del cuerpo tan flaco, pensando en la simpleza de la casualidad.
- Los planes de salud están dentro de las prioridades –está diciendo ante los micrófonos- la salud de los trabajadores es algo que no puede ser desatendido.
Los periodistas apagan los grabadores, se oye rumor de voces, ruidos sordos de enroscar cables y pasos apresurados por la sala. Una chica jovencita lo entretiene preguntando algo acerca del agua y de los químicos. Se la saca de encima con una amplia sonrisa, mientras le pone la mano en el hombro y le dice que también trabajarán en eso.
Una vez más el asensor veloz. Su estómago incierto aún después del vuelo, apenas resistiendo la cosquilla. Va a tener que comer algo, lleva horas en ayunas. El sobretodo le pesa y está sudando frío por debajo de la camisa de seda.
La misma secretaria de siempre lo saluda con fria cortesía y lo introduce en una sala repleta de gente en torno a tres mesas unidas en forma de letra T.
Oye hablar de los problemas en la aduana de Suiza, de los controles en aumento en Japón. Se queja amargamente el representante del sector canadiense, ya que su país ha decidido prohibir algunas sustancias, y el stock es demasiado grande como para arrojarlas a un incinerador.
Ríe un altisimo individuo que se presenta como leader asesor para Oriente de la Comunidad Europea tratando de explicar que pronto no podrían tampoco incinerar, porque la oposición de las comunidades era demasiado fuerte.
TARDE
Cuando vuelve al rancho para comer, su mujer no está. Se sienta a mirar la mesa vacía con el estómago gritándole de hambre. Se ha llevado al chico, y probablemente esté en lo de Tomasa. Hacia allá va, cansado, rascándose las palmas de las manos, que le pican mucho.
Está hundido en un sofá, mientras en baja voz los seis correligionarios tratan de ponerse de acuerdo. Uno, seguramente el más joven, discute acerca de la dudosa propuesta del gobernador. Los demás lo dejan hablar. Alguno bosteza. Finalmente el caballero de lentes, tal como si no hubiese existido el discurso vehemente del muchacho, invita a todos a terminar la reunión y enviarle un mensaje de beneplácito al gobernador.
El observa cómo el joven se sobresalta y enrojece. Es rodeado por dos de los más viejos y llevado a un rincón. Se lo vé agitar los brazos, responder con afán.
El se levanta y sale del recinto hacia las escalinatas. Le gusta bajar esas escaleras blancas, amplias, y mirar desde abajo el enorme mural.
La reunión se interrumpe justo cuando él iba a explicar que en su país también había problemas, que las organizaciones estaban influyendo fuertemente en la venta de los productos, que en algunas otras naciones había leyes prohibitivas y que se podía manejar al gobierno pero no a la opinión pública. Pero todos estaban cansados y se levantó la reunión hasta más tarde.
En el ascensor, un checo se le acercó y le preguntó en dificultoso español cómo todavía había sobrevivientes en su país. Rió grotescamente con su mandíbula grande y cuadrada, y palmeando con una enorme mano la espalda del sobretodo. El no entendió el chiste, pero sonrió con cortesía.
Efectivamente su mujer estaba en lo de Tomasa, con el chico apretado en una manta. Tomasa había prendido algunas velas a la virgencita, y la mujer se veia muy seria y demacrada.
- Recien se duerme – le dijeron. Miró al chico, que en la parte expuesta ya mostraba las manchas rojas en la cara. Los ojos cerrados estaban hinchados como caracoles.
- Hay dotor? – preguntó.
- No, viene el jueves -dijo ella en un susurro. – Estuvo jugando en el galpón. O tocó algo malo o lo picó un bicho. –Ella lo miró. Sabía que en la cooperativa había otros campesinos que decían de los venenos y de los aviones que echaban humo para los bichos, y se hablaba de algunos que no podían tener gurises. Pero nunca creyó en esas cosas, ¿cómo el humo podia hacer que un hombre no tenga hijos? El humo arde los ojos, pero no mancha de colorado. Eso pensaba ella. Hasta ese dia.
- Yo toco y no me hace nada –dijo él.
Su mujer no vino, al final. Estaría comprando ropa, o mirando una película. Tanto había dicho que si venian a la capital sería todo mas fácil, y ahora ni se veían. La legislatura quedaba atrás y él se sientió con ganas de almorzar al lado del río. Tenía varias carpetas consigo, podría aprovechar y mirarlas mientras se comía un buen pescado a la parrilla.
Sobrevivientes –pensaba mientras buscaba un taxi. Si él mismo era un sobreviviente! Lo hacían atravesar el océano para sentarlo a escuchar cómo la compañía tenía que inventar maniobras para sacarse de encima productos indeseados. El cerco se estrechaba. Había oído de los cambios de rotulación, esas cosas que hacían pasar gato por liebre. ¿cómo dirían allí los ingleses? Tendrían liebres como en la pampa?
- Vos sos grande –dijo ella y lo midió con la mirada.
- El José me dijo que se juntaron los del Rincón y que están llevando a pedir al gobierno que no se eche más veneno.
- No me contaste. – ella lo miró con curiosidad. El desestimó con un gesto sus palabras.
- Cuando le pidieron al patrón, echó al Saturnino y al Mario, ¿te acordás? Qué vamo a andar haciendo ruido, si al final no pasa nada!
Ella lo miraba fijamente. No movía un solo músculo. Lo miraba a través, miraba a su traves a todo el pueblo. Veía en él a todo el pueblo.
La cuarta carpeta contenía una prolija nota manuscrita firmada por mucha gente, en la que se pedía control sobre el uso de sustancias de fumigación. La nota decía que había enfermos y que el patrón (a la sazón, el apellido le parecía conocido) hacía oidos sordos a los reclamos.
- Claro! -se dijo- el viejo Zubizarreta, cómo me voy a olvidar de los asados del viejo Zubizarreta!.
Cerró la carpeta y se quedó mirando el río mientras recordaba la rubia que le había presentado el viejo Zubizarrteta aquella vez que fue con su tío a la provincia y pasó ese fin de semana de locura.
Cuando regresó del hotel, (uno de esos hoteles que parecen museos, enormes, lujosos pero bien calefaccionados) había menos gente en el salón. El checo lo saludó levantando un vaso de plástico desde el fondo. El le devolvió una breve sonrisa. El colombiano discutía con firmeza la necesidad de echar de una buena vez a esos cabrones coqueros a fuerza de meterles veneno en la sangre, ya verían. Su interlocutor agregaba expresiones de aliento. Era de algun país centroamericano, por el acento, y confirmaba que allí las demandas legales se esfumaban en el aire, y que de todas formas para qué andarse con cuidados con esa gente que se cria como conejos.
NOCHE
La cena era una verdadera delicia. Las mujeres le pedían a la dueña de casa la receta de la sopa paraguaya que se servía como aperitivo en cubitos tibios.
El diputado y su mujer estaban tratando de convencer al canciller de que deje de una vez sus veleidades marinas y venda su velero, que a como estaban las cosas, era más trabajo de mantenimiento que lo que se usaba una o dos veces al año.
El senador estaba impaciente. Su mujer no llegaba y ya estaban por empezar el primer plato. Finalmente se la vio llegar, como siempre, sonriendo y con ese aire de suficiencia que al principio lo había seducido, y que ahora le resultaba francamente desagradable.
Se sentó en la silla que le habían reservado al lado de su marido.
- No pude verte a la tarde. Estuve muy ocupada- le dijo. – Almorzaste?
- Si, en el río. Se interrumpió. El diputado acababa de recordar que se había dejado en el restaurante las carpetitas que le habían dado esa mañana. Se alzó de hombros. Me harán una copia –pensó- Y si no, más se perdió en la guerra.
Alguien propuso un brindis. Ambos se levantaron con sus copas en la mano.
En la noche, las comadres juntaban los trapitos del chico y los metían en una bolsa. La madre estaba afuera, en la oscuridad, gritando. Junto a ella, su tía Vicenta y la Ramona le acariciaban la cabeza.
Se había hecho una fogata atrás del rancho para quemar la ropita, la manta, y hasta la cuna de madera. Nadie sabía si era la peste.
El cuerpito estaba en la caja que había traido del pueblo el Carlos, cuando le avisaron y estaba buscando farmacia con el papelito en la mano y los remedios para su gurí.
En un rincón del rancho a oscuras, el hombre con los brazos a lo largo del cuerpo, quieto y silencioso, parecía todos los hombres. Parecía el pueblo.
No era siesta. Dos horas no son siesta para nadie –pensaba mientras el taxi lo llevaba al aeropuerto. De vuelta al avión, de vuelta sin comer al vértigo imposible.
Su maletin llevaba algunas cosas de recuerdo, que solía comprar para los chicos. Pavadas, pero que los fascinaban de lejanía.
Llevaba también instrucciones para buscar nuevas rutas de distribución que evitaran a los revoltosos que se oponian al uso de los químicos. Acaso no habían sido inventados para eso? Tanto lío por nada.
El aeropuerto estaba bastante desierto. Quién iba a volar un miércoles a la noche, con esa bruma y esas mariposas en el estómago?
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